jueves, 6 de mayo de 2010

El nuevo Partido Progresista ad portas

 
El nuevo Partido Progresista ad portas

Los partidos políticos son el instrumento para participar del sistema electoral y, por ende, su control y manejo es fundamental para participar de cuotas de poder. En su génesis primaria las fuerzas políticas reflejaban a través de las tiendas partidarias una mirada ideológica de la sociedad, representaban una utopía antes que la defensa de intereses corporativos, pero, en el devenir de las últimas décadas lo que ha quedado son máquinas que compiten por el control de los partidos, en el restringido escenario del binominalismo instaurado por la Constitución del 80.

En este contexto, el manejo de un partido asegura la nominación de candidatos y, binominalismo mediante, permite ganar cupos de poder político en todos los espacios políticos, desde los concejales de un municipio hasta los Diputados y Senadores. En el proyecto que haría de elección popular en nombramiento de los Consejeros de los Gobiernos Regionales, el gran riesgo es que la postulación de candidatos sea realizada por los partidos y que los independientes tengan escasas posibilidades de ganar como simples representantes de la sociedad civil.

Es así como el poder institucional presenta características oligopólicas, con grupúsculos de militantes juramentados bajo criterios sectarios para controlar las entidades partidarias a como dé lugar, pues eso asegura el acceso a cargos de representación popular, convirtiéndose las disputas internas en una arena en la que los gladiadores de diversos grupos y sensibilidades luchan a muerte por ganar la testera que les asegura vía expedita para sus carreras políticas. Nada de ideología, nada de debates, nula participación de las bases militantes, simplemente la calculadora, las máquinas rentadas, los operadores políticos y los articuladores financieros que se ocupan de obtener los recursos para el marketing y las campañas. Una caja negra que despierta desde lejos una desconfianza intuitiva de las personas independientes, quienes se ven impedidas de participar.

Sin embargo, a partir de la descomposición que ha vivido la coalición que detentara el gobierno por cuatro períodos consecutivos, un 20,3% del electorado se abrió con una propuesta que cuestionaba principalmente la tendencia nociva a la concentración del poder en una suerte de partido transversal cuyos participantes iba siendo ubicados en distintas áreas del Estado, sin importar sus competencias sino su incondicionalidad a las cúpulas partidarias, en uso, además, de los cuoteos pactados al interior de la Concertación. En rechazo a ese estilo de hacer política, vinieron los descolgados o díscolos que fueron los más ácidos críticos de las elites dirigentes de la Concertación y que, en definitiva, pusieron en la escena política sus yerros y sus vicios, con los resultados de todos conocidos.

Ahora, como resultado de esa acción independentista que lideró Marco Enriquez Ominami, está surgiendo el Partido Progresista, con un estilo de “política2.0” que ha tomado aquellos viejos asambleismos donde todos cruzaban discursos y que caracterizaron el nacimiento de la Democracia Cristiana o del FRAP, pero llevándolos a una plataforma cibernética de instantaneidad, sin pretensiones de uniformar visiones sino de incluir diversidad, con uso de las plataformas comunicacionales que ofrecen las redes de Twitter y Facebook, con una conectividad que permite multiplicar al líder en un seguimiento cotidiano, como un reality constante, que nada tiene que ver con la real politic manejada entre cuatro paredes, de espaldas al pueblo.

Este nuevo experimento político es mirado con  desprecio por los desplazados o cesantes operadores de la derrotada Concertación, toda vez que en el esfuerzo de abrir un espacio, los costos en representatividad para esos sectores díscolos fueron elevados y casi quedaron sin representación popular en el Congreso. Pero, la apuesta que se observa es de capitalización de ese histórico 20,3%, de refundación del quehacer político para hacerlo atractivo a los automarginados del sistema electoral, esos amplios sectores descreídos de la institucionalidad imperante. El nuevo partido se la juega por abrir su propio espacio y por elección interna a través de Internet, denominaron Partido Progresista. Y si MEO logró saltar las vallas para correr en las últimas presidenciales, en la medida que logre canalizar esa energía dispersa y darle una mínima consistencia doctrinaria, podrá incubar en estos cuatro años una tendencia equidistante del gobierno de la Alianza y de la Concertación, especialmente porque ésta mantiene las mismas caras y los mismos estilos, en oposición visceral y virulenta al gobierno de Piñera.

El Partido Progresista que está surgiendo, nace como una propuesta que rechaza las malas prácticas, tales como el clientelismo, el nepotismo y las acciones de corrupción que siguen descubriendo la Contraloría o los Tribunales de Justicia. Con esa proposición puede llegar a  ser aglutinante de un gran descontento social, en la medida que el nuevo partido no se convierta en otro instrumento clientelista new age,  para ocupar puestos públicos en un hipotético próximo gobierno, y en la medida que demuestre inteligencia para aportar desde la sociedad civil propuestas serias a las actuales autoridades para la reconstrucción nacional, ese movimiento y nuevo partido podrían ganar el crédito de la consecuencia y captar efectivamente al progresismo que se mantiene vivo y mayoritario como sensibilidad social en Chile. Un catalizador talvez de nuevas alianzas estratégicas durante el gobierno de Sebastián Piñera.


Hernán Narbona Véliz, Atacama, 7 de mayo de 2010


La verdad nos hará libres

No hay comentarios: